ELOGIO AL RUIDO

Por Eduardo Cornejo

bitácora
Esta Bitácora comenzó llamándose Elogio al silencio, pero una vez terminada, cambió de título y contenido. En la primera versión comenzaba preguntándome si es que el silencio existía. Planteaba la idea de que si bien podemos cerrar los ojos para descansar, no podíamos cerrar los oídos. Y después explicaba que esto debía venir de la época de las cavernas, cuando el oído era el sentido que indicaba a los primeros hombres si alguna bestia se acercaba a comérselos. En cambio, ahora, lo que nos despierta es el ruido de una alerta de WhatsApp a medianoche. O la bocina innecesaria de un auto madrugador. El ruido de un temblor que se acerca despacito, lentamente, hasta que nos remece la cama.

La columna se llamaba Elogio al silencio porque en la redacción de la revista nunca hay silencio. Siempre hay una llamada por contestar, una historia por oír, una pregunta por responder, pero sobre todo, muchas preguntas por formular. Creo que todos los trabajos que se hacen en equipo están construidos a partir de preguntas. Cientos de ellas, a diario. Pero ese es otro tema.

Esta columna se llamaba Elogio al silencio porque ahora que reescribo estas líneas en mi sitio [y aunque cada vez somos menos], se oye todavía por ahí el chasquido de una bolsa de papas fritas, el leve ruido de una canción [Eastern Standard Time – Skatalites] o los clics de algún mouse; y me pregunto, nuevamente, si es que el silencio existe. Y Google responde que no. Que el silencio absoluto no existe. Y si es que existe, nunca lo sabremos, porque el que oye el silencio genera sus propios ruidos [como los latidos, la respiración o un conejo del hombro].

Pienso entonces, que si no es posible elegir el silencio, deberíamos ser más selectivos con lo que queremos oír. Les pregunto a algunos amigos sus sonidos favoritos y algunos eligen las voces de sus hijos, el ruido de los aplastamientos de las hojas secas de un árbol, un remo que entra y sale del mar, el sonido de una cerveza destapándose un viernes por la noche o el ruido que hace el cajero cuando entrega el dinero.

Personalmente, elijo el ruido de los puntos finales que pongo cada vez que acabo una nota. Aunque a veces, después de eso, y dependiendo de lo que escriba, todavía quede mucha bulla dentro mí.

¿Y usted, lector, qué ruido elegiría oír?