El bajo de mi padre

El sueño musical de un señor de cabello blanco

Escribe: Joseph Zárate

LOS DESTELLOS
Mi padre tocaba el bajo. Era apenas un chiquillo flaco de doce años cuando empezó a tocar canciones de cumbia y rock n’ roll con su bajo Fender de cuatro cuerdas en las fiestas del colegio donde estudiaba. El bajo de mi viejo era blanco. Él podía pasar horas de horas tocando aquel instrumento, ignorando los gritos de mi abuela para que baje a cenar porque la comida se enfriaba. Su grupo se llamaba Los Scorpions y hacían covers de Los Destellos, una banda de cumbia muy famosa en el Perú de los sesentas. Mi padre era un chico amable, el quinto de diez hermanos, buen alumno en el colegio, pero sobre el escenario bailaba tocando ese bajo, con su camisa roja y pantalones ceñidos, moviendo la melena rizada que mantuvo durante toda su adolescencia.

PAUL MCCARTNEY
Mi viejo siempre soñó con ser músico. Casi cuarenta años después me cuenta esta historia por teléfono, y en su voz hay nostalgia. Mi padre me cuenta que decidió dejar aquel bajo blanco y sus noches de conciertos, esos sueños de músico, para ser carpintero como su padrastro: haciendo muebles, closets y puertas de madera para vivir. Tuvo que hacerlo cuando se enteró que iba a ser padre a los diecisiete años. Pero no lo dice arrepentido. Sus hijos, dice, eran más importantes que sus sueños de ser un rockstar. O al menos, eso jura.

Arturo Zambo Cavero
Durante la época en que viví con mi padre, siendo un niño, solíamos escuchar los vinilos originales de Festival de Woodstock en su viejo tocadiscos. La voz rasposa de Joe Cooker y la guitarra incendiaria de Hendrix tocando el himno nacional de Estados Unidos fueron mis primeros recuerdos musicales. Además, claro, de sus discos de Santana, The Beatles, José José y la voz del Zambo Cavero que me conmovía.

Mi padre era –es– un tipo musical. Fue él quien me regaló mi primera guitarra –una de tripley, viejísima, con cuerdas de metal– con la que pasé toda mi adolescencia tratando de que arrancar algún acorde decente sin que los dedos me sangraran. Él me animaba contándome que, de niño, Paul McCartney pasaba horas de horas en su cuarto con su guitarra haciendo lo mismo, hasta que sacaba las canciones de Elvis que le gustaban. Un niño con una guitarra puede hacer que su imaginación explote. La música nos acompaña en la travesía de nuestras vidas y muchas veces nos salva, nos cura, teniendo efectos poderosos en nuestro carácter y destino. Mi hermano mayor, por ejemplo, es bajista profesional. Fue el único de los cinco hijos de mi padre que tuvo el valor para seguir el camino que él había abandonado hace mucho.

Mi viejo, que ahora tiene el cabello blanco y la piel marcada por el sol y los años, me cuenta por teléfono que se ha comprado un bajo eléctrico. Un bajo rojo de cuatro cuerdas. Dice que su sueño es poder tocar una canción con sus hijos. Que la carpintería le gusta pero no lo apasiona como lo hacía el sonido de ese bajo Fender que tenía cuando era todavía un chico de doce. Que ese sueño frustrado de ser músico profesional es una espina que aún no se ha podido sacar, que todavía le duele.

Ahora tiene un bajo rojo, uno nuevo. Muy pronto se comprará un amplificador para empezar a ensayar conmigo y mis hermanos, me dice riéndose. Que antes de que Dios se lo lleve, le gustaría tocar esa última canción. La mejor canción de su vida.

Joseph Zárate
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