Dormir es perder el tiempo

¿Acaso dormir ocho horas al día es un mal hábito?

davinci

Llevo 47 horas, 23 minutos y 57 segundos sin dormir. Llevo casi dos días sin pegar un ojo cuando empiezo a escribir esto. Dos días. Ese es el promedio de tiempo que paso sin dormir cuando debo terminar de editar la revista que usted, estimado lector, lee cada fin de semana, o intenta leer cuando está en la playa, o quiere leer pero no lo hace porque no tiene tiempo, o tiene ganas de leer pero solo la hojea antes de seguir disfrutando del mar y la arena. [Ahora que lo pienso, tendría muchísima suerte si usted estuviera leyendo esta bitácora en este momento]. Son varias las posibilidades. Mas lo único cierto, es que eso de dormir ocho horas como debe-de-ser es imposible en trabajos como este: editar cuatro revistas al mes durante el verano, de más de 200 páginas cada una, un cierre de edición cada semana.

Así debe ser este oficio, pienso. O eso quiero/debo resignarme a creer…

El caso es que llevo casi dos días sin dormir pero no tengo sueño. Es raro: llega un momento, cuando ya llevas veinticuatro horas despierto, en que comienzas a librar una batalla contra tu propio cuerpo. Los ojos se cierran solos, te quema la espalda, sientes mareos, te sudan las manos, la piel de la cara se pone grasosa. Entonces recurres al café expresso, a las tres latas de Red Bull que tienes en la frigobar, a las pastillas de cafeína o a las tres cosas juntas si es que urge estar lúcido para terminar lo que estás haciendo.

Leonardo Da Vinci, uno de los genios más ocupados de la historia, decía que dormir era una perdida de tiempo. Por eso, él solo pegaba los ojos dos horas durante todo el día. Según los estudiosos del sueño, Da Vinci –al igual que Albert Einstein, Thomas Edison, y hasta Bruce Lee– seguían un sistema de sueño polifásico, que, a diferencia del viejo esquema de ocho horas de sueño [monofásico], consiste en echar siestas de veinte minutos cada cuatro horas. Así solo duermes dos horas cada día y tener veintidós para hacer otras. Así hacen los japoneses, por ejemplo, que en su mayoría son durmientes polifásicos. Ellos se quedan dormidos en cualquier lugar: en la banca de un parque, en el ascensor y hasta cuando van de pie en el metro. Esto se logra entrenando al cuerpo para entrar rápidamente al estado REM [en el que soñamos y descansamos profundamente] y así poder descansar y recargar las pilas para las próximas cuatro horas sin problemas.

Los estudiosos del sueño aseguran que no dormir durante un tiempo prolongado puede dañar la memoria, los reflejos, aumentar la ansiedad, el estrés, debilitar la fuerza muscular y hasta provocar infartos. A veces, cuando decido quedarme despierto, pienso en Randy Gardner, un chico californiano de diecisiete años que estuvo despierto durante 264 horas ininterrumpidas [cerca de 11 días] como parte de un proyecto de ciencia de su escuela. Al final, Gardner sufrió de problemas de memoria, depresión, alucinaciones y paranoia.

Le cuento todo esto a G., un amigo periodista, y se ríe. Recuerda que una vez él pasó cinco días sin dormir para escribir una historia sobre el insomnio. G. -a diferencia de Gardner que no uso ningún fármaco- bebió latas y latas de Red Bull, miraba películas de acción en la madrugada, husmeaba en los perfiles de sus 1.077 amigos que tiene en el Facebook, pero sobre todo, consumía una pequeña pastilla de cafeína concentrada llamada Taxigen, que le recomendó su editor, otro adicto a las madrugadas.
G. me dice, abriendo los ojos, que jamás volvería a hacer algo parecido. Pero me ha regalado un blíster de pastillitas de cafeína. Todavía me resisto a tomar alguna. Siguen esperando en el cajón de mi escritorio. Pero no las descarto. Uno nunca sabe: quizá llegue a necesitarlas alguna de estas madrugadas.

Joseph Zárate

EDITOR GENERAL