Dichos del Mudo

Y otras frases que recuerdo de Ribeyro.

UNO. Abelardo Sánchez León, Balo, es poeta y fue amigo de Julio Ramón Ribeyro. Alguna vez relató, durante una clase en la universidad, una anécdota suya de los tiempos que compartió en París con el autor de La Palabra del Mudo. Balo era el menor de sus amigos literarios porque se dedicaban a la literatura y porque sus vidas parecían de ficción. Era el encargado entonces de escanciar el vino a los mayores. En una de esas tertulias de libros y autores, interrumpidas solo por el amanecer, el joven Balo sucumbió al cansancio. Seguía en pie, acompañándolos, Alfredo Bryce Echenique. Entonces, Julio Ramón, que ya había salido de una intervención quirúrgica, lo interpeló para que siga despierto para beber el último vino antes del desayuno. «Tienes que seguir porque yo te doblo en edad, y tú me doblas en estómago», le dijo aquella vez. Luego, se perdieron tambaleándose por las calles, cigarrillo en mano. Balo se quedó en el departamento. El autor de Los Geniecillos Dominicales escribió: «Siempre he pensado que es muy difícil determinar dónde está la verdad, incluso en las investigaciones más profundas. Como ignoramos más de lo que sabemos, lo único que hacemos al conversar es canjear fragmentos de nuestra propia tiniebla interior. Es penoso irse del mundo sin haber adquirido una sola certeza».

DOS. Los cuatro elementos constitutivos y su relación con el hombre. Aire, agua, tierra, viento. Los tres primeros mantienen una relación directa: son utilizados, aprehendidos, transformados. Con el fuego, más allá del poder de cocción, no hay otra relación mediata. Salvo el cigarro. Así defendía JRR su afición por el tabaco. «Los escritores, por lo general, han sido y son grandes fumadores. Pero es curioso que no hayan escrito libros sobre el vicio del cigarrillo, como sí han escrito sobre el juego, la droga o el alcohol», escribió alguna vez. Solo para fumadores fue su manifiesto.

TRES. Decían de JRR que, habiendo nacido en 1929, era el mejor cuentista del siglo XIX. La pulcritud de su prosa es cautivante. Escribir fácil siempre es difícil. Surf, el último cuento que escribió y hasta entonces se encontraba inédito, apareció en una colección de Seix Barral sobre su obra hace dos años. Allí, Ribeyro plasmó el último estadio en la vida de un escritor. Acaso él mismo. Usó la metáfora del tablista en busca de la ola perfecta. Escribió: «La vida la concibo como algo completamente irracional, imprevisible, donde no hay lógica ni dirección u objetivo determinados. ¿Para qué existen los seres vivientes? Cada vez que veo un bicho en mi casa me pregunto para qué diablos existe, qué función cumple este ser viviente que se mueve, hace desesperados esfuerzos por sobrevivir y que, de pronto, recibe un pisotón. Ahí terminó su vida».

CUATRO. Hace poquísimo, la universidad Diego Portales en Santiago de Chile reeditó un libro suyo exquisito (por su rareza y contenido). Se llama La Caza Sutil y otros textos. Un desaprensivo paseo entre libros y autores. Es una compilación de sus artículos y ensayos literarios, que no es otra cosa que una revisita por sus autores predilectos: Proust, Lezama Lima, Maupassant. En su diario anotaba: «La crítica ejerce sobre mí una atracción vertiginosa (…). Ser un mal creador sería para mí mucho más estimable que ser un buen crítico». El autor, que hizo de una buhardilla en París su cubil escritural, no solo hizo de la narración en prosa, magistralmente estructurada en aforismos, su distinción, sino que también fue un genial ensayista. Después escribiría: «Lo fácil que es confundir cultura con erudición. La cultura en realidad no depende de la acumulación de conocimientos, sino del orden que estos conocimientos guardan en nuestra memoria y de la presencia de estos conocimientos en nuestro comportamiento. Los conocimientos de un hombre culto pueden no ser muy numerosos, pero son armónicos, coherentes y, sobre todo, están relacionados entre sí. En el erudito, en cambio, los conocimientos parecen almacenarse en tabiques separados».