Carta al editor

De una cómplice que escribe a escondidas

bg
Él no sabe que estoy escribiendo esto. «Haz tú la bitácora», me dijo Joseph Zárate, editor general de la revista cuando, durante el cierre de esta edición que trajo consigo demasiados estragos desalentadores, cerraba los ojos diciendo que ya no podía escribir más, que ya no funcionaba su cabeza, que tú mejor escribe la carta del editor, que a ti te va a salir bien.

Joseph es un hombre menudo de 26 años, de barba eterna y gafas gruesas que cubren sus ojos pequeños y achinados. Es un perfeccionista enfermizo que trabaja dieciocho horas al día porque sabe que hacer su trabajo supone hacerlo bien. Es un muchacho de voz dulce que muy rara vez pierde los papeles, que no habla cuando está molesto, que me llama por mi nombre completo cuando he metido la pata, que no concibe la vida sin sus vinilos de The Beatles, que no borra la línea de un texto sin explicar el por qué. Es uno de esos editores que ya casi no existen. Esos que enseñan.

Es un artista que hace música en la guitarra y hace magia en el papel. Es un tipo sensible, que aparenta fortaleza en el horario de oficina, que se ha codeado con los mejores periodistas latinoamericanos hasta, tal vez, convertirse en uno de ellos, pero que nunca lo dice, y que se ha acostumbrado a esa cierta pena que siente al saber que nunca será un chico más en la sala de redacción. Ya no.

Esta noche de cierre me dijiste que escribiera sobre lo que quisiera. Y quise escribir sobre ti.

«Todos me odian en la oficina, ¿no, Maje?», me preguntaste hace un tiempo mientras debatíamos cuál sería el titular de una de las doce portadas que publicamos este verano. Lanzaste una de esas carcajadas larguísimas que suceden cada vez que conversamos sobre las virtudes y desgracias de nuestro oficio. Lo dijiste como un chiste, pero yo sabía que buscabas una respuesta. «Ser odiado es parte de la chamba», te dije esa noche. «Si no te odiaran, no estarías haciendo bien las cosas». Sabes que el editor no es el vocalista de la banda, no es el que todos aman. Digamos que podría ser el productor o quizá el baterista, que está en el fondo del escenario, el que casi nadie nota, sosteniendo el sonido para que la música pueda existir.

No he podido evitar pensar en esto últimamente. En los escritores que te maldicen porque les devuelves un texto con tantas anotaciones como palabras han escrito, pensando que eres un jodido, que por qué no lo publicas así nomás, si no está tan mal, que por qué me devuelves un texto un viernes por la noche, que me tengo que ir a la playa a juerguear.

Yo sé que tú lo haces porque no concibes publicar un texto mediocre, cuando puedes publicar algo genial, así no seas tú quien lo firma. Pero alguien tiene que ser tú. Alguien tiene que decir «esto no funciona», alguien tiene que decir «esto puede ser mejor».

Esta es la penúltima edición del verano, y hoy, después de muchos altibajos, trasnochadas, tazas de capuchino, horas de almuerzo frente a la computadora, pastillas, latas de Red Bull casi como decoración de nuestros escritorios, innumerables «¿qué te parece este titular?», «¿qué te parece esta primera línea?», «¿funciona esta foto?», no se me hubiera ocurrido otra cosa que agradecerte por ser un editor impecable y por arriesgarte a ser el que todos «odian».

Tú no sabes que estoy escribiendo esto. Sé que si lo leyeras antes, no me dejarías publicar esta historia. Quizá no te guste cuando lo veas impreso. Pero no importa. No quería dejar pasar esta oportunidad para decirte, mi colega, mi amigo, mi hermano, que lo hicimos. Pasamos un verano intenso contando historias con un equipo de gente maravilloso, trabajando siempre con el mundo y el tiempo en nuestra contra. Y no solamente sobrevivimos, sino que brillamos.

Salud con Red Bull, para no perder la costumbre.

Maria Jesús Zevallos
SUBEDITORA