Canciones para Violeta

Un regalo postergado para un fecha que casi olvido

Ya no quieres decir tu edad cuando te la preguntan, pero no tienes que decírmela. 59. Eso cumpliste hace unos días. Aunque, si no te conociera, podría decir que tienes 10 años menos. No es un cumplido: dice los gurús de la medicina que las mujeres que se mantienen activas, que trabajaron toda su vida y que siempre andan de aquí para allá haciendo cosas, se ven más jóvenes de lo que son en realidad. Muchas, claro, prefieren el gimnasio o la cirugía. Tú nunca necesitaste nada de eso.

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Debo admitir que fue recién a los once años que memoricé la fecha exacta de tu cumpleaños. Vivir un tiempo con mi padre y luego contigo –dos años con uno, dos años con otro, y así sucesivamente– hacían, que, por alguna extraña razón, solo recordara que cumplías años cierto día de comienzos del verano. Soy malo para las fechas, ya sabes. Nunca llamo a mi viejo o a mis hermanos para sus santos, ni siquiera a la abuela. Ni en Navidad, ni para Año Nuevo, ni en Día de la Madre. Ahora que lo pienso, casi nunca asisto a las reuniones familiares. Ya me conoces, soy un tipo distraído. Aunque en realidad es un pretexto. No es que no los quiera, sucede que no me gustan las reuniones familiares pactadas. Prefiero aparecer de pronto, sin avisar, sin protocolos, y demostrarles que estoy ahí cuando realmente me necesitan, si es que lo sienten así. Sé que, al menos, tú entiendes. Así soy. El hijo que escribe, el que anda en su mundo. Solo, casi.

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Siempre supe que nos parecemos mucho, aunque yo traté de ocultarlo. Las manías, la forma en que explotamos cuando pasa algo que no nos gusta, la sensibilidad ante ciertos detalles, el perfeccionismo inútil. Nunca fuiste a la universidad, aunque quisiste, ni terminaste la carrera de Contabilidad que tanto te gustaba. Lo tuyo siempre fue cantar, ser artista; ese era tu sueño, cantar música criolla como Jesús Vásquez, bailar en musicales. Hacías todo por cumplirlo. Como aquella vez, cuando tenías quince y te escapaste del colegio para bailar en un programa concurso de televisión y pensaste que nadie se había dado cuenta, hasta que llegaste a casa y la abuela te agarro a palos: te había visto por ese viejo televisor blanco y negro. Sabes que también me gusta cantar, aunque no lo haga tan bien como tú. Aunque tenga la cara de mi viejo, nos parecemos por dentro, que es lo más importante.

Querías tocar el piano, pero nunca pudiste entrar al Conservatorio porque no sabias leer una partitura. El abuelo, que ahora tiene Alzheimer y no te recuerda, nunca estuvo de acuerdo con tu vocación. Pensaba que eso era de putas. Y seguiste tu vida así, yendo contra la corriente, a pesar de ser la mayor de siete hermanos. Superaste la decepción, las peleas, los golpes. Entonces los nombres de tus hijos fueron marcas de batalla: Franco, Connie, Desiré, Rafael, Sophia. Viajaste a una ciudad del norte para trabajar de mesera en un restaurante, vendiste cosméticos y artículos de ferretería, cosías ropa ajena, ofrecías postres estando embarazada. Siempre cargando, en distintos momentos, con los seis. Sola. Eras como una Erin Brokcovich peruana, sola contra el mundo y sus problemas de presupuesto. Siempre para adelante, siempre digna, a pesar de las lágrimas y críticas de tu propia familia. Así me enseñaste que un corazón roto puede con todo. Incluso contra uno mismo.

Ahora te veo en una foto antigua y entiendo que aún conservas algo de ingenuidad en la mirada. Una mirada de niña, parda, brillante, que se llena de lágrimas con facilidad, ahora que se da cuenta que sus hijos han crecido, que el tiempo ya no se puede recuperar. O al menos, no completamente.

Pero ya no necesitas probarle nada a nadie.

Dices que tu fe basta para saber quién eres realmente.

Yo no sé decirte cuánto te quiero. Soy torpe para hablar. Pero alguna vez, pienso, usaré tu historia como argumento para un libro. O quizá me lance a componer canciones que cuenten algo de lo que viviste.

Canciones para Violeta.

Un disco que lleve tu nombre no es tan mala idea.

Joseph Zárate
EDITOR GENERAL