Agua entre los dedos

Cosas que uno hace para no pensar demasiado

Nado. Tres veces por semana, cuando la tarde cae, yo nado. Cuarenta y cinco minutos exactos. Algo de diez idas y vueltas –largos completos, que le dicen– en una piscina temperada. No por una afición atlética, sino por una cuestión de necesidad, digamos, por placer. El agua me sostiene, me hago uno con ella. Cuando nado, nada más existe. Nada.

Después de muchos años he vuelto a nadar con frecuencia. Nunca fui un deportista o un atleta dedicado. En el colegio donde estudiaba, era el chico que siempre huía de los ejercicios, que se escapaba de las clases de educación física y se iba a ver películas, jugar al billar o a tocar la guitarra por horas. Solo. Quizá por eso, cuando me tocaba elegir un deporte, elegía aquellos que eran individuales. Correr, manejar bicicleta, nadar. Deportes donde no necesitaras un contrincante, donde solo tienes que vencerte a ti mismo. Son deportes que, pienso, se parecen mucho a la escritura.

Escribir es un trabajo intelectual, pero también físico. Que desgasta y consume. Haruki Murakami, el escritor japonés que corre todas las mañanas desde hace casi treinta años, decía que recorre kilómetros y kilómetros para «encontrar el vacío», ese espacio en que su mente se libera, y se limpia de toda cosa que ensucia su trabajo. He descubierto que, cuando nado, me pasa algo parecido. Debajo del agua, un silencio submarino lo llena todo. No hay tiempo ni espacio para el pensamiento. Ray Bradbury, un escritor que también nadaba, decía que luego del trabajo constante, hay dos fases vitales en todo proceso creativo: la relajación y el no pensar. El trabajo de quien escribe es tan arduo, que llega el momento en que sus dedos parecen actuar sobre el teclado como si tuvieran vida propia. Como un atleta o un nadador entrenado, el cuerpo acaba por convertirse a sí mismo en mente. Entonces te relajas y ya no piensas.

Yo nado por eso. Porque me libera por un momento de las palabras.

Muchos sugieren o suponen que escribir es una actividad poco sana, y que para ser un periodista o escritor talentoso hay que ser el tipo bohemio, adicto a las juergas y las madrugadas. Y pienso que es cierto: escribir es, muchas veces, una labor insana. Cuando uno escribe una historia, explica Murakami, libera una toxina que se haya dentro de la existencia humana. Es explorar el lado oscuro de nosotros mismos. Ya lo decía el poeta César Moro: «El arte empieza donde termina la tranquilidad». Los actos artísticos y creativos son así: locos, dispersos, autodestructivos a veces. Pero para enfrentarse a esa toxina, dice Murakami, hay que estar lo más sano posible para que no llegue a envenenarnos.

Fogwill, que nadaba todos los días, entendía de eso. El genial escritor argentino, ya de viejo, contaba de que se arrepentía de algunas cosas como el tabaquismo y el daño a la memoria que le causó la cocaína, aunque reconocía al mismo tiempo que quizá no hubiera escrito todo lo que escribió si no hubiera vivido todo eso. Pero ya esa es otra historia.

Decía que para escribir se necesita una cantidad de energía nada despreciable. La escritura consume. El cuerpo debe estar sano para soportar. Quienes escribimos deberíamos tener una suerte de sistema inmunitario que permita hacer frente a esa peligrosa toxina creativa, el veneno de las palabras.

Supongo que nadar es mi antídoto. Ese raro placer que siento al ver como se diluye lo que pienso, como el agua entre los dedos.
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Joseph Zárate
EDITOR GENERAL