Baila con la boca

Si las palabras crearon el mundo, ¿qué universo producen las palabras de un padre y un hijo?

Por Diego Fonseca / Ilustración de Mario Segovia

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Mi hijo nació a medianoche con los pulmones de seis sansones. En los pocos metros que unían la cama de su madre de la balanza donde la enfermera le tomaría sus medidas –peso, altura, cráneo: la estadística neonatal– inundó la sala con un llanto de siglos. Matteo llegó a la báscula y yo temblaba. La mujer lo envolvió en un paño de algodón blanco, pedí tocarlo. Apoyé mi mano en su pecho y dije las únicas cuatro palabras que recordaré toda mi vida.

—Tranquilo, hijo. Soy papá.

Teo, rojo, hinchado, moqueando, reconoció mi timbre, movió los ojos hacia mí y dejó de llorar.

Afuera, sobre Washington, caía la peor tormenta de nieve en cien años.

En el principio fue la voz. Toda historia escrita fue, en algún momento, un relato oral o, en el más personal de los casos, un monólogo interior –la voz propia de un autor–. Hasta en los mundos inmateriales como las religiones hay un dios que proyecta sus palabras en la fe de sus devotos. Richard Wagner sostenía que en la voz humana encajan los cimientos de toda la música. La historia de la ópera, la más elevada celebración clásica –decía el crítico alemán Paul Bekker– no es otra que la historia de la voz.

Antes del nacimiento de Teo yo apoyaba mis manos en la panza de su mamá y susurraba, ronco, Manuelita, la tortuga; y El reino del revés. Para su primer año lo despertábamos a diario con una melodía donde poníamos a bailar monitos, un sol, su corazón, melocotones. Los psicólogos dicen que el recuerdo más antiguo probablemente se atesore alrededor de los tres años, la edad de Teo hoy, pero que los niños son capaces de reconocer y recordar de manera inconsciente cosas anteriores. Lo he visto. En cierta ocasión, tras una noche de mal sueño, Teo desayunó con refunfuños así que lo alcé a mi falda y, empujado por un aire extraño desde el fondo de la memoria, comencé a cantarle El reino del revés. Su apresuramiento aminoró, los ojos se fijaron en el piso, bajó la cabeza, se dejó estar.

Por cosas como esa, a menudo Matteo me recuerda que una parte de la memoria se guarda en los labios.

—Papá —dice—, baila con la boca.

Conversar con un niño pequeño es un intento por completar un crucigrama cuyas reglas cambian a medida que se llenan los huecos entre palabras. La biología les censura la capacidad de mencionar todo cuanto sus ojos capturan. El poeta modernista William Carlos Williams se preguntaba si era posible para un escritor captar el pensamiento –la voz real– de los niños. En 1994 tres investigadores procuraron responder esa duda en un libro de trescientas páginas, Lenguas infantiles: La voz del niño en la literatura. En sus páginas finales, la experta Laurie Ricou escribió que a través de los niños despertamos a los accidentes de la lengua y sus carambolas de significado. El mundo de las palabras, dicen los discípulos de Ferdinand de Saussure, crea el mundo de las cosas. Y si aceptamos la razón de que el lenguaje crea la realidad, entonces el universo de un niño de tres años es una constelación lisérgica.

Así, un día mi hijo me instruye sobre transportación.

—Mi avión blanco lleva trenes, el avión azul lleva camiones y el verde ¡calles!

Otro día, mientras recojo un balón con flores pintadas, soy informado del espontáneo pragmatismo de la lengua.

—Esa pelota está llena de truffula trees.

Un tercer momento conozco nuevas astronomías cuando, por la ventana, la niebla deja paso a un chaparrón.

—¿Sabes qué es eso, Teo?

—Meteoritos, papá.

Un accidente lingüístico infantil es un Big Bang.

Los papás podemos vencer gigantes y someter dragones, pero somos seres temerosos. Dormimos, pero ya no descansamos en las bondadosas sábanas de la soltería: la naturaleza nos ha equipado con cierto cableado malsano que, instintivamente, nos despierta en medio de la noche, ahogados por el horror de la pesadilla filial. Sea cual sea el sueño, su limo es uno: podemos oír la voz de nuestro hijo, pero desespera no escucharla a tiempo.

Jamás confesé a mi mujer –hasta ahora– que cuando Teo nació me atemorizaba la idea de que fuera incapaz de comunicarse. Decir, gesticular, conmoverse: ser, señor psiquiatra, empático. Pero desde muy pequeño mi hijo habla inglés y español y conversa hasta con los viajeros del Metro. Negocia la postergación de la siesta, determina el almuerzo, manipula sus minutos al iPad, selecciona camisetas y pantalones como Tim Gunn, decreta la posición de locomotoras, carboneras y carros de pasajeros en las vías de Thomas The Train.

Una tarde firmó sus credenciales de embajador de sí mismo frente a una vecina de cabello cenizo.

—Me llamo Matteo —dijo—, y hablo todo el día.

En la distribución de roles del juego hogareño yo soy la estera de los saltos, cabezazos y refriegas de Teo. Hay algo primitivo y animal y de una elementalidad asombrosa en esos ejercicios. El cerebro reconoce la voz y el aroma familiares desde el primer grito y por lo tanto no es casual que juegue con mi prole al león cansado y al cachorro inoportuno: nos hundimos las narices en los cuellos, nos restregamos los pelos, roncamos. Nos reconocemos. La maniática destrucción que mi hijo hace de mis espaldas es un precio aceptable para consolidar el vínculo primitivo. Un día la cría enfrentará al padre alfa, pero, mientras el momento llega, yo mismo desafío mis años de racionalidad, y soy lo que su voz mande.

En nuestros juegos de monos, gigantes y felinos, Matteo me halaga con su orden preferida.

—Papá, ruge.

Y yo bramo, dejo que me pongan voz, que baile mi boca por la suya.