Arquitectos del cartón

Por Raúl Lescano
Tres arquitectos españoles se volvieron a juntar para recuperar la pasión que los unió en la universidad. Después de fundar Moho Arquitectos crearon CartonLab, un espacio de experimentación con cartón. No se trata de una fábrica de cajas, sino de un laboratorio de utilería para el hogar y de muebles reutilizables que se ha robado el protagonismo, y los ha salvado de la crisis económica en su país.
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Ignacio Bautista, Pablo García y Carlos Abadía se cuestionaron qué pasa después con los proyectos de pequeña escala que se realizan para ferias o eventos. Esa pregunta traía dos respuestas posibles: o pasa algo o no pasa nada. Si no pasa nada, significa que quedan obsoletos, desechables. A diferencia, por ejemplo, de la tecnología móvil, que requiere un cambio casi anual, CartonLab ha recordado con el cartón un valor contrario: la reutilización. Lo que comenzó como un laboratorio de experimentación de piezas de inmobiliario de su estudio Moho Arquitectos se ha convertido en una de las ofertas más llamativas de la empresa: puddles tridimensionales gigantes que no necesitan instrucciones para armarse, sino solo intuición. Comenzaron construyendo un stand para una feria de arte gráfico en el 2010, y poco tiempo después levantaron toda una feria de responsabilidad social de cuarenta stands hechos en su totalidad con cartón. Este material, tan reducido solo a la paquetería, trae un secreto por dentro: «la técnica del papel interior y cómo está configurado tienen mucho ver con la arquitectura y los elementos constructivos», dice Carlos Abadía. El cartón, en esencia, es arquitectura.

Los tres arquitectos se conocieron en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Todo ejercicio o proyecto de clase lo trabajaban juntos. Una vez que la etapa académica se acabó, cada uno tomó distintos caminos. Ignacio Bautista llegó hasta El Salvador para construir viviendas para personas sin recursos, Pablo García empezó a trabajar proyectos de manera independiente y Carlos Abadía llegó a Italia para laborar en dos estudios pequeños de arquitectura, pero nunca se pudo adaptar a las pocas horas de sol del lugar. Para un hombre de Murcia, al sur de España, acostumbrado a los días soleados, esa no era su naturaleza. Quizá por eso Carlos diga que la dinámica entre ellos siempre se dio de manera muy natural. Cuando volvió a su ciudad, Ignacio también lo hacía y Pablo andaba al lado, en Alicante. Si en la universidad sacaban tiempo para presentarse a concursos, ahora buscaban espacios para volver a trabajar juntos. «Cuando uno está en la universidad, tiende a idealizar mucho las cosas, a tener muchos proyectos, muchos sueños. Luego, cuando te topas con la realidad de la vida, ves que no es tan sencillo. Queríamos repetir esa situación universitaria», dice Carlos sentado en la sala de reuniones de CartonLab, en Murcia, al sur de España. Al fondo, en una pizarra acrílica, se ven los esquemas de sus nuevos proyectos y sueños.

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La crisis no es el fin

Hasta el 2008, cuando la crisis económica explotó, la arquitectura era uno de sus pilares económicos en España. Hoy siete de cada diez arquitectos españoles trabajan en condiciones laborales precarias por la falta de presupuestos y proyectos. Hay que tener mucha inventiva para empezar una obra. Si los tres arquitectos aún siguen vigentes, es gracias al cartón. «Si no hubiera CartonLab, la cosa sería más difícil», dice Carlos Abadía, mientras recuerda el momento en que atinaron a unir este proyecto al estudio Moho. El estudio de arquitectos dedicado a proyectar residenciales, centros empresariales o grandes espacios públicos hoy se sostiene, sobre todo, con utilería de cartón. «Si te quedas en el país, tienes que reconvertirte; no puedes seguir siendo ese arquitecto soñado de grandes proyectos; tienes que hacer otras cosas».

Pero antes de hacerlas, en el 2006 el estudio Moho Arquitectos empezó a trabajar con un objetivo claro: debían solucionar los problemas que les planteaban los clientes pero con un compromiso con el medio ambiente. Durante el primer año trabajaron proyectos convencionales en tamaño y formato: viviendas, residenciales, estructuras públicas. Pero fue un proyecto de gran envergadura arquitectónica, social y política el que Carlos Abadía considera que marcó el inicio real de su estudio de arquitectos. Si su trabajo era resolver problemas para clientes, esta vez decidieron plantear una solución para una de las más graves tragedias ambientales del sur de España, en el mar Mediterráneo: rescatar la bahía Portmán, inutilizable después de 34 años de que la usaran como un vertedero de sustancias tóxicas. El proyecto, que contempló recuperar mil trescientos metros de playa, crear un parque y un puerto deportivo, ganó el primer premio del Ayuntamiento de Murcia.
El compromiso con el medio ambiente ahora se traduce en esas piezas de cartón en forma de libreros, de sillas, mesas, juguetes, cunas. Hace poco, aquí en Lima, gracias al instituto Toulouse Lautrec y del Ministerio del Ambiente, construyeron una pequeña ciudad de cartón para la campaña Reeduca Playas en la Costa Verde. «Juntar estas tres alianzas es muy importante para entender cómo se debe desarrollar el trabajo del futuro. Un trabajo de calidad tiene que contar con una serie de valores: educación, experiencia y acción».

Cuando Carlos Abadía habla de un proyecto, detiene la conversación y pide que lo esperen un rato. Segundos después regresa con una foto, un folleto o una maqueta para mostrar de qué está hablando. Esta vez regresa con un pez de cerca de un metro hecho de cartones blancos. «Es una ballena. Se supone que los niños entrarán por acá», dice mientras mete su mano por la boca de la pieza que se hará de unos diez metros para una intervención que ahora los llevará a las calles de Bilbao. «Joder, hemos trabajado de forma muy intuitiva –dice Abadía–, pero puede que hayamos dado en la tecla».