Amamos tanto a Cortázar

Por María Alejandra López / Foto de Santiago Barco
Siempre tuvieron presente el teatro, aunque uno de ellos estudió derecho y el otro periodismo. Dos actores que absorben la realidad con los ojos muy despiertos, en busca de una piel que escenificar, presentan Rayuela, una de las obras literarias más importantes de todos los tiempos, convertida en una obra de teatro.
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Horacio Rafart y Guillermo Ale están sorprendidos. A los actores bonaerenses les impresiona la congestión que ocasiona el tráfico limeño, el caos vehicular de las combis y el amarillismo de los programas de televisión. Están impactados. Y a la vez inspirados. «Está es una ciudad de personajes», dice Horacio. «Nosotros hacemos teatro observando y pensando en todo. Perú, en realidad, es como un diario abierto» dice Horacio. Las impresiones que perciben del ambiente son piezas claves en sus obras teatrales: como en Rayuela, que presentarán hasta el 2 de marzo en el Centro Cultural Ricardo Palma.

Sólo los diferencia veinte años de edad y unos centímetros de altura: como los que separan el escenario de las primeras butacas del teatro. Horacio, sentado sobre el estrado marrón y con una camisa blanca encima, se convertirá en Horacio Oliveira, el protagonista de la obra, de saco beige, boina francesa y maletín en mano. Guillermo se encuentra treinta centímetros más adelante, sentado en una butaca. El teatro les inspira una calidez hogareña, el Perú también. Pero esta puesta en escena desentraña el exilio: como si lo hubiesen vivido en carne propia.

Rayuela es la novela y «antinovela» emblema del escritor Julio Cortázar. Ha sido traducida a treinta idiomas diferentes y leída por millones, pero muy pocas personas le han dado un significado tan personal como en esta adaptación. «Nosotros nos hemos metido mucho en la vida de Cortázar» dice Guillermo, intentando expresar con palabras lo que significó encontrarle el eje central a la novela. «Decidimos tratar los conflictos universales que rodean al hombre, como el amor, el abandono, el exilio y la soledad; planteados en la novela».

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Cuando llegaron a Lima para preparar Rayuela era diciembre. Aterrizaron en el Aeropuerto Jorge Chávez en medio de reencuentros y llantos contenidos. «El hambre es el exilio más terrible, aunque no lo parece», dice Guillermo. «Mucha gente tiene que irse del país para ganar dinero y así se rompe una familia». Ambos conocen lo que es vivir lejos de casa. A menudo se cuestionan que sucedería si algo les ocurriese mientras viajan y ellos no puedan estar ahí. Él y Horacio han visto muchas despedidas, abrazos y lágrimas. Una fotografía de la post guerra, como lo describen ellos mismos.

La pérdida, el alejamiento de lo que uno conoció como suyo alguna vez, son situaciones que inspiran a este par de actores que forman parte del colectivo teatral La Cuarta Pared. Para ellos, la realidad es la gota creativa que funciona para crear toda obra que ponen en escena. Fue esa misma búsqueda de realidad pura fue la que los trajo hasta el Perú y que probó una vez más que ésta puede ser más interesante que la fantasía. «Fue un encuentro muy extraño que cambió el futuro», dice Horacio, cuando recuerda a Juan de Dios, un funcionario del estado que conocieron en su primera visita a Lima cuando fueron a buscar apoyo. Juan de Dios era un hombre cojo, dueño de un circo, que les consiguió cuarenta funciones y contactos en el extranjero. «Pensamos quedarnos haciendo teatro una semana y nos quedamos un mes», recuerda Horacio.

En Perú se abrió un telón que los llenó de experiencia: se llevaron libros de literatura, poesía, prensa, historia y facsímiles de los años ochenta. Todo eso fue inspiración para líneas como “Yo no quiero terminar como esos perros colgados en los faroles de las calles”. «Es esencial para nuestro trabajo tener testimonios reales, tenemos cierto grado de responsabilidad, hasta con nosotros mismos. Queremos que nuestra obra te genere más preguntas que respuestas, como la vida», agrega Guillermo. Para ellos, es vital experimentar la realidad a través de la ficción.