Alquimista de sonidos

Por César Ochoa / Foto de Alonso Molina
Se sabe que Pauchi Sasaki es una violinista obsesionada con las performances de música electrónica y experimental. Pero solo conociendo su íntima relación con los sonidos se puede entender de dónde proviene la cantera para sus creaciones. Graba los sonidos de su auto, odia la alarma del celular y hasta se enamora del estruendo de una explosión.
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¡Boooommm!

En la última semana, Pauchi Sasaki no ha dejado de escuchar el sonido de una explosión. Es un estruendo terrorífico, de gran impacto, que muere con un largo eco que reverbera.

¡Boooommm!

Lo escucha, una y otra vez, en el equipo de sonido del auto, con sus audífonos, con los parlantes de su computadora y hasta ha probado cómo suena en el concert hall del Mills College [Oakland, Estados Unidos], universidad donde está por terminar una maestría en música electrónica.

Que Pauchi se obsesione con un efecto sonoro es parte de su rutina, pues desde hace varios años la vida de esta violinista amante de la performance es una constante cacería de sonidos, que capta de la realidad o de complejos softwares, pero que luego mezcla, recorta, alarga, ralentiza, acelera y hasta analiza cómo retumban en diferentes ambientes.

Es una alquimista que teme que los sonidos se le escapen. Hay una razón: en la música experimental –su modo de relacionarse con ella–, un buen banco mental de sonidos es la mejor herramienta para crear. Mientras más grande, mejor.

Hoy está en una sala de ensayos del Mills College, lleva una casaca oscura y el pelo suelto; pero se siente algo entumecida por el frío. A través del Skype dice que está agotada por su rutina de clases y por la programación de nuevas presentaciones, pero que al mismo tiempo se siente muy feliz. A mediados de enero, en la galería Mate de Barranco, ofreció cuatro conciertos repletos de Gama IX, una performance que combinó música experimental, videos e instalación. En esa puesta en escena, como en toda su serie Gama, utilizó instrumentos creados por ella, capaces de emitir complejos sonidos computarizados, como un violín electrónico o un arpa, que en lugar de cuerdas tenía una suerte de hilos de luces de neón. Asegura tener la necesidad de expresarse con nuevos medios, que solo así puede transmitir lo que quiere. «Cuando trato de plasmar un sonido que he imaginado y siento que falta algo, viene la angustia: ¿de dónde lo saco?», dice Pauchi, y asegura que al final puede hallar lo que quería en algo totalmente descontextualizado. Es una escultora de mundos sonoros y por eso necesita tener una biblioteca de efectos a su medida.

Hace un tiempo, en ese afán por lograr el tono buscado, grabó todos los ‘ronquidos’ que emite su viejo auto. Los trabajó con mucha paciencia y, una vez procesados, los usó para varias de sus tareas de maestría.

¡Booommmmmm!

«Los riesgos te dan sorpresas», dice Pauchi, mientras se afana en reproducir el sonido de la explosión que disecciona y que hace días no la deja en paz.

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Foto: Musuk Nolte


La primera vez que Pauchi Sasaki escuchó un violín tenía cinco años. Había ido a visitar la casa de su madrina, donde sus hijos llevaban clases de ese instrumento de cuerda frotada. Ni bien percibió el sonido, lo buscó como quien trata de encontrar el origen de un olor maravilloso.

Su oído es curioso por naturaleza. A sus 32 años, con presentaciones en ciudades como Lima, Tokio, San Francisco o Madrid; dos producciones discográficas y tocadas de improvisación hasta en el baño de un bar, Pauchi siente que mientras más explora, más interés siente. Para ella la galería Mogollón del centro de Lima, donde en el 2006 ofreció un concierto, no es solo un escenario más, sino un lugar donde un aplauso emite un eco como de burbujas: «blup, blup, blup, blup». Pauchi Sasaki no solo captura sonidos, sino también estudia los comportamientos acústicos de los espacios. Por eso sus conciertos se trabajan a partir de los efectos que el escenario
le puede brindar.

Si en un concierto sinfónico los aplausos en los intermedios son una regla, en sus presentaciones están vetados. «Busco que en mis performances los espectadores sueñen despiertos, que descubran emociones que no tienen en su vida cotidiana». Los aplausos –asegura– cortarían el viaje.

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Foto: Musuk Nolte


El 8 de marzo, Pauchi presentará en Mills College su concierto de tesis. Será una exploración al tema de la energía. Quiere plasmar cómo sonaría la energía cuando fluye o la tierra mientras gira. Tiene un intenso régimen de preparación, sobre todo en las madrugadas, cuando nada la perturba. Mientras tanto, en la universidad, diseña amplificadores, mezcla, toma clase de música india, arma partituras, a veces de amanecida.

Acaba de terminar el soundtrack de PERRO GUARDIÁN, una película de acción protagonizada por Carlos Alcántara. Todo eso es parte de una rutina a la que está acostumbrada. En su última estadía en Lima bajó cinco kilos por todo el esfuerzo que demanda montar una presentación como Gama. Ahora pesa apenas cuarenta kilos. Nomi Sasaki, su hermana, una artista de la tinta china, la apoya en la producción de todo lo que hace. «La ayudo porque no quiero que caiga», dice Nomi. «Pauchi llega a niveles de estrés alucinantes».

En el mundo de Pauchi, todo sonido puede convertirse en arte. No existe el ruido, eso que perturba al oído. Aunque reconoce que detesta una familia de sonidos: las alarmas despertadoras de los celulares. Le recuerdan que cada día trae consigo una agenda de pesadilla. Prefiere el sonido de un estallido.