10 Sonidos para entender a qué suena un país

Y no se trata de un playlist por fiestas patrias

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Juan M. Gonzales

Miki

Fue el pionero y quizá el mejor. Un ejemplo: en 1985 ya había grabado una cumbia electrónica con las voces de Charly García y de su amigo Andrés Calamaro. Si lo hubiese hecho en los noventa, dirían que era una moda. Lo hizo cinco años antes y por eso se adelantó a su tiempo. Podía viajar a Lucanas para saber a qué suena su violín. O convivir con los Ballumbrosio durante años para mezclar el rock y el afro. Un artista nacido en España que ha explorado la peruanidad sonora en varios géneros y se sigue reinventando de acuerdo a su curiosidad. Tres de los otros músicos que aparecen en esta lista han trabajado con él en su banda. Hace poco volvió a Tocache, en la selva central, para tocar una de las canciones símbolo de su trayectoria. La extensión natural del rock, para él, es lo que ocurrió en Inglaterra en los noventa con los Chemical Brothers. No es rock en sí, pero tiene esa cosa potente. Planea terminar un disco de house. Hace dos años, estuvo en Berlín y quedó prendido de esa estética.

«Con Akundún tuve un contrato como artista prioritario de Poligram. Era la primera vez que una música de folklor afro estaba en los canales de música pop, en la radio pop, en la televisión pop. Una cosa marginal al inicio se vuelve mainstream»

Pamela Rodríguez

Perú Blue – En la orilla – Reconoce

No le gustan las etiquetas. Por eso no soportó estar en Lima. Se mudó a Venezuela y se dijo que iba a hacer lo que le pareciera, y eso estaba bien. Cuando estudiaba Etnomusicología empezó a cuestionarse. Analizaban sonidos y culturas desde África del Norte hasta la India, y entonces se preguntó por el Perú. La world music en Latinoamérica trata de encontrarse luego de una fuerte influencia de la cultura norteamericana. Ella empezó cantando canciones de Jewel y de Fiona Apple. Por eso, dice que la carga femenina en su música es indiscutible. Pero ahora siente una sensibilidad distinta con la identidad, con el pasado. Como si se tratara de una reivindicación de la propia cultura a través de la búsqueda de sonoridades. Le gustan, por ejemplo, los instrumentos andinos de viento. Cuando se cansa de hacer lo mismo, estudia armonía funcional durante un par de meses, asiste a conciertos en vivo, lee poesía y analiza distintas performances en el escenario. Considera que los peruanos no tienen una identidad porque es difícil encontrarla en una cultura que las tiene todas.

«Todos tenemos influencias porque el arte es una forma de continuidad donde uno, a no ser que sea un extraterrestre, siempre evoluciona. Es muy difícil exponer con un sonido que sea totalmente tuyo. Hoy, el peruano es mucho más audaz respecto a su identidad»

Mauricio Mesones

Bareto

Ser embajador de la Marca Perú es una responsabilidad, incluso cuando llegas a una isla como Japón. Como le pasó a Bareto el año pasado. Porque la peruanidad se vive más cuando estás fuera. Cuando Mauricio Mesones canta sobre el escenario, puede ver gente bailando y llorando a la vez. Entró a la agrupación hace cinco años y, desde entonces, siempre han ido a tocar a Pucallpa en febrero para la fiesta de San Juan. Se han presentado incluso en un pueblo en Cerro de Pasco, el mismo día que inauguraban una línea de telefonía fija. No cree que la puesta en valor de la cumbia amazónica se hubiera logrado con otro género. Fue Humberto Campodónico quien le regalo un disco de Juaneco y su Combo a Joaquín Mariátegui, uno de los fundadores de Bareto, para que la explosión verde empezara. Incluso el artista Christian Bendayán hizo el arte de una de las portadas de sus discos. Hay gente que piensa que son de Iquitos, aunque Juaneco y su Combo es de Pucallpa. Mesones piensa que existe una falsa peruanidad en ciertos discursos musicales.

«El soundtrack del país es la cumbia. Me he dado la vuelta al Perú y puedo decir que lo es. Hemos tocado en los sitios más exclusivos y en los más populares, y la única canción que se saben todos los peruanos es ‘Muchacho Provinciano’ de Chacalón»

Felipe Salmón

Diazepunk – Zolcan Breaker – Dengue Dengue

Todo fue punk al inicio. En 1998, cuando llevaba el pelo largo y era baterista en la banda que tiene el nombre de un ansiolítico, no se imaginó que después calzaría una máscara para tocar cumbia electrónica. Sus primeras mezclas las hizo con un grupo de amigos, cuando estaba en primaria, usando casetes: grababan cualquier ruido que hacían en el estudio y luego las ponían en rewind a ver qué pasaba. Como invocando al demonio en un ritual satánico. Después del punk, tocó house hasta que viajó a Argentina con Rafael Pereira. Ahí llegaron a un festival en Mar del Plata. Lo que escucharon les pareció increíble. Entonces empezaron a alucinar cómo hacer algo parecido con los sonidos peruanos. De vuelta al país, se vivía la euforia por los grupos de la selva. Así que mezclaron selva instrumental y electrónica. El nombre Dengue Dengue lo vieron en la portada de un vinilo del uruguayo Enrique Lynch. Las primeras máscaras fueron elaboradas con papel neón y cartulinas canson negras. Luego, las pintaron con témpera. Todavía conserva la suya.

«La electrónica me permite hacer todo porque soy el director de la orquesta. En los festivales internacionales se pueden identificar las cumbias electrónicas y los beats peruanos. Simplemente me salen ese tipo de escalas, medio melancólicas o misteriosas, que suenan a Amazonía»

Bruno Macher

Sabor y Control

Un concierto lo marcó de por vida. Tenía quince años, tocaba el saxo y fue a ver la orquesta de Tito Puente a un concierto callejero en Lince. Prefiere a Beny Moré y a Rolando Laserie antes que a Rubén Blades. Y le gustan las orquestas antiguas como Zodiac e Impacto Crea antes que La Fania. Pasó del jazz al latin jazz y de allí, a la salsa que encontró en los LP de la avenida Wilson, en el centro de Lima. Descubrió la descarga, que es la improvisación dentro de la salsa, una instrumentación bien cruda y achorada. Para él, Sabor y Control es una familia desde su fundación hace doce años. Aunque recién sacaron su primer disco hace seis. Dice que la salsa es del pueblo, del barrio, porque toca muchos temas sociales en sus letras. Tienen un par de programas sociales, Salsa a la calle y Salsa a la cárcel, y han llevado su música a barrios en la periferia: Jirón Cuzco y Bellavista en el Callao, Matute en La Victoria, en San Juan de Miraflores, en el Rímac. Para llegar ahí, hay que tener calle. Y él la obtuvo cuando trabajaba despachando mercadería en un camión en el Callao. En los almuerzos, iba a La Cachina a comprar discos de salsa dura.

«Creo que el limeño es más salsero que cumbiambero. A veces hay géneros de moda pero la salsa no es una moda, no pasa, siempre prevalece en la sangre del pueblo y por eso para nosotros también es importante hacer salsa peruana. Con nuestras letras, con nuestras costumbres, nuestros problemas, nuestra jerga»

Nicolás Saba

Ritalin – Conchas Negras – Kanaku y el Tigre

Tiene veintiocho años y nunca estudió Música. En las clases del colegio, le quitaban la flauta pan porque quería tocar lo que le daba la gana. Como para toda una generación, el punk fue el detonante. Entonces, Saba Salem tuvo una banda de hardcore punk llamada Ritalin, como la droga que le daban a los niños con problemas de atención. Como él. Dice que los que la tomaron hoy son jóvenes depresivos. El indie folk con el que podemos calificar a su actual banda lo escuchó hasta el cansancio cuando trabaja en una productora audiovisual en Canadá. También lo escuchó en Londres y en Los Ángeles. Estuvo cinco años fuera del país. Ya en Lima, Manolo Barrios de Mar de Copas le daría un consejo que todavía recuerda: «De los mejores consejos musicales que me han dado, y lo hizo Manolo: “uno tiene que componer lo que le sale, nada más”». Nunca le interesó reinventar la rueda. A veces hace la música que le gustaría escuchar; otras, solo por el placer de ejecutarlas. No considera que sea un chico bueno para la música.

«Peruano es todo lo que se haga acá, porque la música no es pura. Nunca lo fue, siempre hubo influencia externa. Como ahora. Es una de esas etiquetas que deben cambiar. ¿En qué momento se consolidó un tipo de música como amenaza a otro? No tiene sentido»

Alejandra Cárdenas

Las amigas de nadie

Al inicio eran más chibolas, roqueras y payasas. Su aparición y bautizo fue providencial y su nombre, inmejorable para el tiempo en que Francis Aimini, la amiga de todos, aparecía en los diarios populares. Tuvieron sentido del humor, pero no fue entendido, como juntarse en un concierto con Monique Pardo. Hacían música que parecía un rompecabezas de canciones y estilos que las cuatro fundadoras escuchaban. Pero ahora tiene claro que al hacer una canción hay dos caminos: 1) sigues la línea de algo que ya existe y 2) tratas de buscar cosas que no se han hecho antes. Aunque esto último resulte difícil. Cuando entra en su proceso creativo, procura no escuchar nada de música para no influenciarse. Inconscientemente, copia. Ahora, con su banda, siente que componen desde las entrañas. Por eso suenan mucho más orgánicas, pop y naturales en su último disco SINCRONÍA. Encontrar un estilo en un primer disco es imposible. Piensa que lo contemporáneo no es el futuro, sino el presente. La fusión en la música peruana no debe ser un maki de tacutacu.

«Para hacer rock, vas a una sala de ensayo, tocas la guitarra y sincronizas. En cambio, el pop es más racional, se hace sentado frente a una computadora con un trabajo milimétrico. Pero el pop que suena en la radio parece música para manipular a la gente»

Luis Enrique Piccini

Carlos Otero – La Mudafónica – Autobus

Parte de un proceso de identidad musical hizo que terminara eligiendo Autobus y no Combi. Era un blog de literatura que tenía un afiche en un bar, que fue donde todo empezó. Quizá un poco antes, con su hermano mayot que fue baterista en Narcosis. Sí, Luis Felipe, su hermano, pertenecía a la generación narcótica de músicos como Pelo Madueño y Wicho García. A los ocho años, se asomaba a la sala de la casa familiar a ver los ensayos de la banda. Creció escuchando vinilos ajenos de The Who, Led Zeppelin y Queen. Después, se sentó en el piano luego de que su madre le presentara una maestra rusa de música clásica. A los catorce años, era el engreído que deleitaba a las amigas de mamá a la hora del té. Hasta que se cansó. Para convencerlo de que siga en el piano, su mamá le regaló un libro de blues. No sabía lo que le estaba revelando. Con Autobus, fueron teloneros de bandas como Franz Ferdinand y The Killers. Cree que la radio sigue siendo el medio masivo por excelencia. Si quieres ser un rockstar, tienes que salir en la radio. Si no, tardarías veinte años.

«El público ha cambiado: el que escucha cumbia también escucha salsa, indie y rock. Esa misma persona tiene ya otra idiosincrasia. Podemos hablar de un peruano que está preparado para consumir todo tipo de música»

Jorge Madueño

Narcosis – Eructo Maldonado – La Liga del Sueño – Pelo

Tiene una guitarra en casa y otra en su estudio. Si se va a la playa, lleva una consigo. Y si viaja, también. Lleva guitarras porque no puede llevar su piano. Su educación musical empezó en casa: su papá, José Luis Madueño, era músico. Y su mamá, la que lo llevaba a clases. En esa época de aprendizaje conoció a Miky Gonzáles. «Ahora soy un poco más consciente de lo que pasa a mi alrededor, pero en ese entonces, para nada». Después, el movimiento subterráneo lo hizo contestatario, crítico. Como cualquier movimiento artístico. Nunca le ha gustado vanagloriarse de hacer discos en los noventa, cuando era toda una gesta lograr hacerlo. No puede oír el primer disco de La Liga del Sueño. Tiene la suerte de poder hacer lo que quiera. Confiesa que tuvo una época en la que el personaje le ganó. «Mi último disco está en la frontera entre el mundo latino electrificado por la guitarra eléctrica y la poesía. Tenemos que hacer ese espacio para poder sobrevivir mental y emocionalmente». Para él, un roquero puede ser Robert de Niro o un pescador.

«Cosas que pueden definir a los roqueros peruanos: persistencia, compromiso, realidad y verdad con lo que hacen. No mutan. El mercado les dice que hagan otra cosa, pero ellos siguen con lo suyo porque eso es lo que tienen para ofrecer, son distintos al mercado y viven, piensan y sienten distinto»

Lucho Quequezana

Kuntur Wasi – Sonidos Vivos – Kuntur

No canta ni el Happy Birthday. Por eso, hace música instrumental. Su disco, Kuntur, fue el más vendido desde 2011. Le parece un halago máximo porque nadie reconocía su cara ni presentó un solo single. Parte de la música que hace y toca en sus conciertos la compuso hace veinte años. Era la época en la que tenía un grupo llamado Kuntur Wasi, y la industria y otros colegas lo veían como un bicho raro por dedicarse al folklore en un país polarizado por la violencia. Por eso, hablar de fusión en el Perú es redundante. Para musicalizar el video Lima Más Arriba, que reúne las fotografías aéreas de Evelyn Merino, solo necesitó dos horas. Alucinó que debía sonar como el vuelo de Bastián Baltasar sobre Fújur, de la Historia Sin Fin. Eso se lo debe a sus estudios de Cine. Lo que compone son atmósferas narrativas. Si su música tuviera letra, contaría una historia con personajes conocidos: el cajón, el charango, la quena. La gente siente que está descubriendo algo nuevo, pero lo ha escuchado toda la vida.

«Yo no he inventado nada. Todo está hecho. Mi música es un reciclaje. En realidad, soy un reciclador de todo lo que ha pasado por mis orejas. Simplemente lo he contado a mi manera»